En una secuencia de Funny Games, el matrimonio cautivo consigue acceder a un teléfono móvil para intentar pedir ayuda. En ese momento, Anna, la esposa, pregunta a su marido dónde llamar para pedir auxilio y él, dubitativo, le indica que intente con la policía, a lo que la mujer pregunta: ¿cuál es el número de la policía?, su esposo contesta Ni idea. Una respuesta que podría pasar totalmente desapercibida dentro de la trama del film pero que resume parte de los temas que Haneke propone en esta película y su manera de afrontarlos. El director crítica el hermetismo de la burguesía austriaca, lo desconectados que están del mundo que queda fuera de su círculo social y se cuestiona, principalmente, cuál es su (nuestra) capacidad para soportar ciertos actos de violencia que no han sido filtrados por el embellecimiento del cine contemporáneo.
Anna y su esposo Georg forman, junto con su hijo pequeño, una ejemplar familia de clase alta. Encapsulados en su cuatro por cuatro, se dirigen a su casa del lago. Remolcan un velero y juegan a adivinar piezas de música clásica. Al llegar al vecindario, hablan con sus vecinos de ir a jugar al golf al día siguiente. Todo es tremendamente burgués, casi obscenamente ampuloso. Un microcosmos que puede crear en el espectador medio cierta sensación de repulsión. Y Haneke lo sabe. Cogerá, entonces, a estos personajes y los someterá a unas interminables horas de secuestro, humillación y vejación a cargo de dos extraños que invaden su modélico hogar. Una invasión que no responde a ningún móvil en concreto: un simple juego de maltrato físico y psicológico que no busca otro fin que el disfrutar con el sufrimiento infringido. Un cruel pasatiempo que tiene su diversión en el proceso de degradación, sin importar el por qué. En este transcurso de violencia inaguantable, el espectador deberá decidir si empatiza con unas víctimas que anteriormente denostaba o con unos macabros raptores totalmente amorales.
Sin embargo, el cineasta obviará escenas explícitas de violencia. Dejará fuera de campo los golpes y las agresiones que estamos acostumbrados a ver en pantalla. Sabemos que los personajes son apaleados, humillados y asesinados pero nunca veremos el momento en concreto. Además, Haneke utilizará una puesta en escena contraria a esa estética videoclipera de la violencia tan presente en la cultura audiovisual. Una cámara tremendamente estática y largos planos-secuencia acompañados de sobrecogedores silencios refuerzan la crítica del director a la estilización de la violencia de algunos filmes anteriores. En Funny Games, la tensión de los acontecimientos viene dada por la tosquedad de sus imágenes, los gritos ahogados de sus personajes, los primeros planos de sus caras desencajadas por el miedo y lo claustrofóbico de la situación. En la única escena sangrienta que se nos presenta, la muerte de uno de los asesinos, su compañero consigue rebobinar lo ocurrido y así evitar que se produzca tal desenlace. Un gesto que, en ese momento del metraje, tira por tierra la única esperanza del espectador en ser gratificado por los acontecimientos.
Una gratificación que, además, nunca llegará. El cineasta subvierte las reglas de este tipo de films para minar la esperanza del público. En Funny Games no hay héroes que sufran y luego se salven, las víctimas son víctimas desde el principio hasta el fin. No hay lugar para ese momento azaroso en que las condiciones se ponen a favor del protagonista para que pueda huir. Y aquellos objetos que parecían ser claves en su liberación se quedan en simple anécdota. Incluso, uno de los captores se dirigirá a cámara en varias ocasiones apelando, vilmente, a la complicidad del espectador. Todas las circunstancias en contra porque Haneke quiere dejar claro que la violencia existe y crea sufrimiento y muerte, y por esa razón no puede ser tratada como una mercancía audiovisual más.
Como en todo el cine de Haneke, se puede estar de acuerdo o no con su visión de la sociedad y de los medio audiovisuales. Su discurso es claro, sin ambigüedades y por eso quizá algo radical. Sin embargo, nadie le puede negar al cineasta el conseguir, con medios cinematográficos, dar forma a su línea de pensamiento. Posiblemente Haneke sepa que sólo hay dos maneras de combatir esos elementos que él crítica: seguir creando films como Funny Games o hacer como Anna que, tras el asesinato de su hijo, se dirige hacia el televisor y, maniatada, se las ingenia para apagarlo y dejar la habitación sumida en un culpable silencio.
Anna y su esposo Georg forman, junto con su hijo pequeño, una ejemplar familia de clase alta. Encapsulados en su cuatro por cuatro, se dirigen a su casa del lago. Remolcan un velero y juegan a adivinar piezas de música clásica. Al llegar al vecindario, hablan con sus vecinos de ir a jugar al golf al día siguiente. Todo es tremendamente burgués, casi obscenamente ampuloso. Un microcosmos que puede crear en el espectador medio cierta sensación de repulsión. Y Haneke lo sabe. Cogerá, entonces, a estos personajes y los someterá a unas interminables horas de secuestro, humillación y vejación a cargo de dos extraños que invaden su modélico hogar. Una invasión que no responde a ningún móvil en concreto: un simple juego de maltrato físico y psicológico que no busca otro fin que el disfrutar con el sufrimiento infringido. Un cruel pasatiempo que tiene su diversión en el proceso de degradación, sin importar el por qué. En este transcurso de violencia inaguantable, el espectador deberá decidir si empatiza con unas víctimas que anteriormente denostaba o con unos macabros raptores totalmente amorales.
Sin embargo, el cineasta obviará escenas explícitas de violencia. Dejará fuera de campo los golpes y las agresiones que estamos acostumbrados a ver en pantalla. Sabemos que los personajes son apaleados, humillados y asesinados pero nunca veremos el momento en concreto. Además, Haneke utilizará una puesta en escena contraria a esa estética videoclipera de la violencia tan presente en la cultura audiovisual. Una cámara tremendamente estática y largos planos-secuencia acompañados de sobrecogedores silencios refuerzan la crítica del director a la estilización de la violencia de algunos filmes anteriores. En Funny Games, la tensión de los acontecimientos viene dada por la tosquedad de sus imágenes, los gritos ahogados de sus personajes, los primeros planos de sus caras desencajadas por el miedo y lo claustrofóbico de la situación. En la única escena sangrienta que se nos presenta, la muerte de uno de los asesinos, su compañero consigue rebobinar lo ocurrido y así evitar que se produzca tal desenlace. Un gesto que, en ese momento del metraje, tira por tierra la única esperanza del espectador en ser gratificado por los acontecimientos.
Una gratificación que, además, nunca llegará. El cineasta subvierte las reglas de este tipo de films para minar la esperanza del público. En Funny Games no hay héroes que sufran y luego se salven, las víctimas son víctimas desde el principio hasta el fin. No hay lugar para ese momento azaroso en que las condiciones se ponen a favor del protagonista para que pueda huir. Y aquellos objetos que parecían ser claves en su liberación se quedan en simple anécdota. Incluso, uno de los captores se dirigirá a cámara en varias ocasiones apelando, vilmente, a la complicidad del espectador. Todas las circunstancias en contra porque Haneke quiere dejar claro que la violencia existe y crea sufrimiento y muerte, y por esa razón no puede ser tratada como una mercancía audiovisual más.
Como en todo el cine de Haneke, se puede estar de acuerdo o no con su visión de la sociedad y de los medio audiovisuales. Su discurso es claro, sin ambigüedades y por eso quizá algo radical. Sin embargo, nadie le puede negar al cineasta el conseguir, con medios cinematográficos, dar forma a su línea de pensamiento. Posiblemente Haneke sepa que sólo hay dos maneras de combatir esos elementos que él crítica: seguir creando films como Funny Games o hacer como Anna que, tras el asesinato de su hijo, se dirige hacia el televisor y, maniatada, se las ingenia para apagarlo y dejar la habitación sumida en un culpable silencio.
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