
Defensor u opositor del cine de Pedro Almodóvar, nadie puede negar a estas alturas la existencia y consolidación de un universo propio por parte del director. Un universo que con el paso del tiempo ha ido mutando, madurando dicen algunos, dejando atrás la frescura y transgresión de antaño y dando la bienvenida a una sofisticación temática y estilística que le han supuesto obras redondas como Hable con ella pero también otras abrumadoramente fallidas como La Mala Educación. Se podría decir que Los Abrazos Rotos se encuentra a una distancia equidistante respecto a las dos anteriores.
El director vuelve a una compleja trama que aun seductora acaba teniendo demasiados desvíos narrativos. Sus saltos en el tiempo, sus bailes de identidades y su reflexión sobre la creación, principalmente cinematográfica, se ve ensombrecida por un tratamiento algo telenovelesco del argumento. Una vez más en su filmografía, un pasado todavía no olvidado vuelve al presente de los protagonistas para darles la posibilidad de acabar aquello que se dejó incompleto por avatares del destino. Un mecanismo que también le sirve a Almodóvar para mirar a su propio pasado creativo y reinventar su obra, no copiándola, sino adaptándola a esta nueva estética que él mismo ha forjado. Y como no, también le sirve para hablar de su cinefilia, de sus influencias cinematográficas. Homenajes explícitos a Rossellini y alguno, quizá algo más escondido, a Antonioni y a Audrey Hepburn refuerzan este intento de diálogo continuo entre pasado y presente que tanto le gustan.
A la vez, debemos reconocerle al cineasta una cierta valentía y autonomía al trascender su perpetuo estilo melodramático. Esta vez para crear un film que bebe de más géneros, con alguna concesión al thriller (más acertado que en el intento de La Mala Educación) y donde la solemnidad y el dramatismo le comen mucho terreno a la comedia a la que nos tenía acostumbrados, esta vez arrinconada a las escenas reinterpretadas de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Un cambio de registro del que sale airoso a pesar de los impedimentos que él mismo se ha puesto con una narración con demasiados elementos dispersivos.
Posiblemente sea Los Abrazos Rotos el film más personal de Almodóvar, aquel film con el que él se siente tremendamente cómodo y que siempre deseó rodar. Una historia con un director-guionista como protagonista que habla también de él mismo. Una obra que con su estilo inconfundible se queda a medio camino a la hora de emocionar e implicar al espectador en una trama que acaba desorientada en el propio laberinto que ha creado. Aún así, cualquier espectador se ve inevitablemente atraído por ciertas imágenes que alcanzan unas cotas de intensidad plástica y de contenido que raramente se ven en el cine patrio. La confesión del personaje de Penélope Cruz doblándose a sí misma es posiblemente lo mejor del film, un ejercicio metasentimental que sintetiza, al igual que las referencias a Mujeres al borde de un ataque de nervios o el personaje de Lola Dueñas, ese interés del director por hablar de cine dentro del cine, de su cine dentro de su cine.
El director vuelve a una compleja trama que aun seductora acaba teniendo demasiados desvíos narrativos. Sus saltos en el tiempo, sus bailes de identidades y su reflexión sobre la creación, principalmente cinematográfica, se ve ensombrecida por un tratamiento algo telenovelesco del argumento. Una vez más en su filmografía, un pasado todavía no olvidado vuelve al presente de los protagonistas para darles la posibilidad de acabar aquello que se dejó incompleto por avatares del destino. Un mecanismo que también le sirve a Almodóvar para mirar a su propio pasado creativo y reinventar su obra, no copiándola, sino adaptándola a esta nueva estética que él mismo ha forjado. Y como no, también le sirve para hablar de su cinefilia, de sus influencias cinematográficas. Homenajes explícitos a Rossellini y alguno, quizá algo más escondido, a Antonioni y a Audrey Hepburn refuerzan este intento de diálogo continuo entre pasado y presente que tanto le gustan.
A la vez, debemos reconocerle al cineasta una cierta valentía y autonomía al trascender su perpetuo estilo melodramático. Esta vez para crear un film que bebe de más géneros, con alguna concesión al thriller (más acertado que en el intento de La Mala Educación) y donde la solemnidad y el dramatismo le comen mucho terreno a la comedia a la que nos tenía acostumbrados, esta vez arrinconada a las escenas reinterpretadas de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Un cambio de registro del que sale airoso a pesar de los impedimentos que él mismo se ha puesto con una narración con demasiados elementos dispersivos.
Posiblemente sea Los Abrazos Rotos el film más personal de Almodóvar, aquel film con el que él se siente tremendamente cómodo y que siempre deseó rodar. Una historia con un director-guionista como protagonista que habla también de él mismo. Una obra que con su estilo inconfundible se queda a medio camino a la hora de emocionar e implicar al espectador en una trama que acaba desorientada en el propio laberinto que ha creado. Aún así, cualquier espectador se ve inevitablemente atraído por ciertas imágenes que alcanzan unas cotas de intensidad plástica y de contenido que raramente se ven en el cine patrio. La confesión del personaje de Penélope Cruz doblándose a sí misma es posiblemente lo mejor del film, un ejercicio metasentimental que sintetiza, al igual que las referencias a Mujeres al borde de un ataque de nervios o el personaje de Lola Dueñas, ese interés del director por hablar de cine dentro del cine, de su cine dentro de su cine.
1 comentario:
Te lo dije, en cuanto la leí pensé:
OH! Qué suerte poder expresarse así de bien!
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